martes, 9 de agosto de 2011

¿SOMOS LIBRES?


Que el ser humano no tiene libertad total, es una verdad como un templo -no lo digo yo, pobre de mí-, es una realidad palpable y evidente. Hablamos y hablamos de libertad, se nos llena la boca con esa bonita y hermosa palabra, como si realmente fuéramos libres, y no es así. En realidad sólo hay una muy corta etapa de nuestra vida que es; cuando nacemos y sólo durante unos meses, en los que somos completamente libres. Nos dejamos llevar por nuestros instintos naturales, y hacemos lo que nuestro cuerpo nos pide y sentimos en cada momento. Algunos ejemplos: -No aguantamos las necesidades fisiológicas. -Lloramos cuando nos viene en gana con o sin motivo, e igualmente reímos. -Dormimos cuando nos lo pide el cuerpo, que no siempre es cuando quieren nuestros padres. -Podemos espurrear la comida si no nos gusta, y no pasa nada. -Empezamos a hablar cuando nos viene en gana y no cuando te dicen di papa o mama, etc. … Pero este estado de gracia y libertad sin límites, dura muy poco.

Cuando pasados unos cuantos meses, damos muestras de inteligencia, ya estamos perdidos sin remedio. Apenas empezamos a razonar, y ya empiezan a decirnos como tenemos que comportarnos. Como la canción de Serrat, “niño esto no se toca, niño esto no se hace”. Es solo el comienzo. ¿Qué debe de ser así? Eso está claro, yo no lo discuto, pero empiezan las restricciones y ya no pararan jamás. Es el comienzo de nuestra educación y el final de nuestra efímera libertad, como individuos.

Lo único que tenemos libre es la mente -Bendito invento de la naturaleza-, nadie puede saber lo que realmente pensamos si nosotros previamente no lo decimos. Alguien que nos conozca muy bien, puede aproximarse, pero no puede asegurarlo al cien por cien, se tendrá que conformar con lo que le queramos contar. Es la única ventaja que tenemos sobre los demás y es patrimonio de todos, de ricos y de pobres. Pero que no sirve de nada, o de muy poco, pues estamos condicionados por todo lo que nos rodea.

Tenemos una cosa que se llama “conciencia”, que no nos deja salirnos de lo establecido, pues cuando lo hacemos nos martiriza con otra cosa que se llama “remordimiento”, éste a su vez, hace que nos arrepintamos de haber contravenido las reglas del juego. Es como la pescadilla que se muerde la cola. Y la conclusión final es que no merecía la pena. A si de complicada es nuestra mente, condicionada por las normas. Esas dos palabras, conciencia- y, remordimiento- con las que tanto nos martirizaban en el colegio, suenan a religión católica, , pero siguen estando vigentes, pues las decimos a menudo. Es increíble como lo que nos inculcan de pequeños puede perdurar en el tiempo.


También es cierto que, a veces, nos saltamos las normas más elementales de educación, civismo, o buenas maneras -Algunos caraduras, muy a menudo-. Pero claro, el dilema está en que, a lo mejor lo que es correcto para mí no lo es para otra gente, hay situaciones que están muy claras, pero no siempre sucede así. Hay muchas cosas que se pueden interpretar de diversas maneras, y es ahí, cuando ya tenemos servida la polémica. Todos queremos llevar la razón, empezamos alzando la voz -esa es otra-,  como si por discutir a voces, fuéramos más convincentes. Pero lo peor llega cuando el otro hace lo mismo, y la cosa, si no hay un buen moderador “neutral”, acaba en pelea -que es algo muy feo-. La gente se dispara diciendo cosas de las que inmediatamente se arrepiente, pero ya no hay marcha atrás, lo que sale por una  boca, en estado de exaltación, queda para siempre en el recuerdo, aun en el caso de que haya  perdón. Ninguno quiere reconocer que se ha ido de ligero, y la cosa pasa a mayores, enquistándose el asunto, hasta el punto en muchos casos de terminar con amistades que habían sido fuertes y duraderas durante años. Lástima, porque el orgullo es otro defecto que nos hace menos libres y más infelices. Conozco varios casos de amistades y de parejas que, ambos, han sido unos desgraciados por no dar ninguno su brazo a torcer. Creo que en esos casos es un orgullo mal entendido. Nos creemos demasiado importantes, y sólo somos un minúsculo punto en el universo ¡o quizás no! Quizás cada uno de nosotros llevamos dentro un pequeño universo.

Volviendo a las polémicas de las que estaba hablando, antes de irme por las ramas, o por los cerros de Úbeda, como me pasa siempre -¿qué sería de este mundo sin la subyugante polémica?- en toda tertulia que se precie si no hay una buena polémica, ésta, no tiene el menor interés, o ningún aliciente, o en andaluz cerrao, “ni mijita de gracia”. La polémica es la sal de la vida, la chispa que enciende la mecha, sin ella la vida sería muy aburrida, que digo aburrida, sería un tostón. ¡Lo que disfrutamos con las polémicas no tiene precio! siempre que estas sean civilizadas y no lleguen a las manos, claro está, -eso sería de muy mala educación-. Pero con personas educadas de las que puedas aprender, son muy gratificantes.

Volviendo al principio, no somos dueños de nuestra libertad, siempre estamos supeditados a algo o a alguien. En el trabajo. En la casa. Con la familia. Con la pareja. Con los amigos. Con nuestros principios. Incluso con nuestros propios pensamientos. Cuando no sabemos que camino tomar. Cuando la razón te dicta una cosa y el corazón otra, estamos polemizando con nosotros mismos, y nos cuesta decidir, a veces acertamos en la decisión y a veces no. A esto último lo llamamos “error”, hay errores que no tienen la mayor importancia, y otros que se pagan toda la vida.  

Sin tan siquiera proponérnoslo, somos prisioneros de tantas y tantas  cosas.

¡Así de complicada es la vida! ¿O no? ¿O somos nosotros los que nos la complicamos? Lo mejor de todo, es que no nos damos cuenta. Mejor así ¿verdad?

2 comentarios:

José Javier Navas dijo...

¡Conchi!¡Qué somos nosotros los que lo complicamos todo!
Gracias por compartir!

Conchi Carnago dijo...

Totalmente de acuerdo,José Javier.
Nada de gracias, en todo caso seria yo la que tendría que dártelas, por hacerme reír.

Un saludo.