sábado, 1 de noviembre de 2014

DE CEMENTERIOS Y OTRAS COSAS.



“Cementerio”, llamado también “Campo Santo” “Necrópolis” nombre más común sobre todo para los arqueólogos, “Al Macabra” al igual que “Rawda” o en castellano “Rauda”, es la definición de cementerio para los musulmanes. El caso es que hay mucha gente que tiene “yu, yu” por no decir una fobia exagerada, a los temas mortuorios.

Por alguna razón que desconozco, nunca me han dado miedo. Cuando yo era pequeña escuchaba muchas veces de boca de la gente mayor casos escalofriantes de personas, que al cabo de muchos años después de su muerte,  se encontraban con que el cadáver estaba en posturas que no eran las normales al ser enterrados, también los féretros arañados, lo que significaba que por alguna causa los habían enterrado vivos creyéndolos fallecidos.

Otros casos que se daban por el mismo motivo, era que estando velando al cadáver, éste se movía sentándose en el ataúd con cara de póker al no entender nada, mientras los familiares y amigos huían despavoridos entre gritos de horror. Luego venían los chistes a costa del falso difunto. O canciones como la de Peret, “Y no estaba muerto, no, no, y no estaba muerto” etc.etc. … El ingenio surge de cualquier cosa, incluyendo las más dramáticas, siempre ha sido así, y así seguirá por los siglos de los siglos.

A mi aquellas historias me daban, más que miedo, una claustrofobia de pronóstico reservado, desde  pequeña, mi madre me pedía que acompañara a mi tía Magdalena al cementerio en tiempo de vacaciones, para que esta no fuera sola y yo le sirviera de alguna ayuda. Lo cierto, es que íbamos todas  las mañanas veraniegas al cementerio. Mi tía había perdido además de a sus padres, mis abuelos paternos, a un hermano, mi tío Curro. Mi tía quedo viuda en plena madurez, pero la vida le tenía reservada otra tragedia mucho peor, la muerte de su hijo Pepe de una tuberculosis, a la edad de 24 años, ninguna persona está preparada para una desgracia tan tremenda, simplemente después de ese drama solo se sobrevive.

Para mi tía, era una necesidad o un consuelo dentro de lo que cabe, ir a diario al cementerio, a limpiar las lápidas, sobre todo la de su querido hijo, a la que le ponía algunas flores. Ya limpia la lápida, se sentaba en el filo de la piedra y le rezaba unas oraciones en voz baja (ahora que lo pienso, realmente nunca le llegue a escuchar lo que decía), en realidad podía muy bien en vez de rezos, estar maldiciendo a la vida e incluso a dios por todas sus desgracias, y estaría en todo su derecho la pobre mujer.

Ella hacia todo el ritual de limpieza, colocación de flores y rezos, o lo que fuera. Mientras mi tía pasaba el rato con sus dolorosos recuerdos, yo me paseaba por entre las lapidas leyendo los epitafios, y sobre todo las edades, me sobrecogía cuando descubría las que pertenecían a niños, o a jóvenes, era algo que no llegaba a asimilar, comprendía que todos tenemos que irnos algún día, pero no a esas edades cuando aun no se ha tenido tiempo de vivir, era algo incomprensible para una mente infantil, aun hoy a mi edad, me parece cruel e inhumano. La vida nos sobrepasa en esos temas, pero nadie puede hacer nada y nadie está libre.

Enseguida me vino al recuerdo una de las veces en la que caminaba con mi tía camino del cementerio. Ese día se habían empeñado mis dos hermanos -mayores que yo- en acompañarnos. Al pasar a la altura del matadero municipal, sentimos un rumor alarmante, nos volvimos y vimos con estupor y pánico que se habían escapado dos toros, (tengo que decir que en aquella época ocurría con cierta frecuencia, ya otra vez, paseando por la ribera con una amiga sufrimos otro susto que nos hizo volar más que correr) mi tía que tenia la pobre un problema en una pierna, corría sin poder tirando de mi mano, o más bien yo tiraba de ella, no lo sé, mi tía a la vez que corría renqueando, le gritaba a mis hermanos para que volvieran, pero ellos ya no la podían escuchar, pues habían salidos disparados detrás de los toros sin escucharla. Los toros afortunadamente se fueron en dirección contraria al cementerio que era nuestra dirección, nosotras corríamos como posesas para llegar al cementerio que ya estaba muy cerca, a mis hermanos los dejamos de ver en unos minutos, la pobre de mi tía sufrió lo indecible pensando lo que le podía pasar a los insensatos de mis hermanos. Al final todo acabó bien, nadie sufrió ningún percance, mis hermanos tuvieron su aventura particular de la que presumían con los amigos, a mi tía le duro el susto unos días, y le dijo a mi madre que a los niños no los llevaba más. Para mí también fue una pequeña aventura, que me hizo desear ser un niño para haber hecho lo mismo que mis hermanos.

El cementerio no era para mí nada anormal, de ahí que no me importara ir con mi tía, las veces que me lo pidiera.

Hay un precioso relato corto, creo que es de Jorge Bucay, aunque no estoy segura, que trata de un cementerio en el que las fechas de la muerte eran todas de gente muy joven la mayoría  niños, tres, cinco, siete, diez, doce, catorce y poco más, incluso meses. Llegando a esa ciudad un señor que le gustaba visitar los cementerios de todas las ciudades, quedose sorprendido al comprobar esa cantidad de niños fallecidos, intrigado pregunto a la primera persona que vio, ¿por favor, podría decirme que hecho desgraciado ocurre en esta ciudad, para que todos los difuntos sean niños? ¿Es que ha habido alguna epidemia, que solo ha afectado a los niños? El señor interpelado lo tranquilizo diciéndole; no se preocupe señor enseguida se lo explico; en esta ciudad, existe una costumbre ancestral que consiste en que desde que se tiene uso de razón, hasta el final de la vida se apunta en un libro virgen, el tiempo en el que verdaderamente se ha sido feliz, uno, dos, tres, los que sean, al morir los familiares suman minutos, días, semanas o meses de los días felices y el resultado es el que se pone. Porque la vida puede ser muy larga, pero los días felices son muy pocos.

Este relato nos lo leyó la profesora de yoga mientras estábamos en la relajación, y a mí me encanto, por su originalidad y veracidad. Con esto termino, deseando a todos los que podáis leer estas líneas, que vuestros días felices sean tan largos como días vividos.

Y como dice mi maestra de yoga, PAZ PARA TODOS.


4 comentarios:

Molón Suave dijo...

A mí no sólo no me asustan los cementerios, sino que me encantan. Hay dos cosas que no dejo de ver cuando visito una ciudad: el mercado de abastos (desgraciadamente, se han perdido muchos) y el cementerio. LO hago incluso en los pueblos más pequeños. Ambos, me parece a mí, reflejan bastante bien el carácter sus ciudadanos.

Conchi Carnago dijo...

Me gusta lo que dices porque me siento identificada Rafael, ya que a mi me pasa lo mismo,visitar los mercados es una tónica, y si están a mano también los cementerios,como tu bien dices son un referente de las ciudades y de sus habitantes, sin duda cada uno tiene un encanto especial.

Un abrazo extensible a Lola.

PATXI GUERRIKABEITIA dijo...

Buenas tardes, amigos. Bonito y detallado relato. Mientras iba leyendo me preguntaba ¿A qué cementerio se referirá? Cuando he llegado con vosotras a las cercanías del Matadero Municipal me he dicho ¡Date! Conchi se refiere al cementerio de San Rafael.
Creo que todos hemos oído esas historias que cuentas sobre los “muertos” que se levantan.
Algo de verdad tenía que haber pues hasta hace unos años había que esperar 48 horas para enterrar un cadáver, ahora creo que son 24 horas. Este tiempo de espera puede que fuese por los catatónicos y como las leyes de promulgan y se olvidan pasa el tiempo y no se reforman haya los avances técnicos que haya. Así nos va. En la escuela nos contaban que Fray Luis de León no fue canonizado porque cuando abrieron el ataúd estaba con síntomas de haber sido enterrado vivo y el ataúd tenia desperfectos de desesperación ante la muerte.
A mí los cementerios ni fú ni fá, lo que sí es cierto es la cultura funeraria de las sociedades, así como el miedo a los Campos Santos es grande. Recuerdo que cuando se empezaron a desmotar las casitas portátiles de Las Moreras sus vecinos se fueron a vivir a los bloques del polígono de la Fuensanta, y al padre de un amigo lo llevaron a rastras porque no quería abrir la ventana y ver el cementerio.
Leyendo el relato de Jorge Bucay he recordado los que nos pasó con un maestro. Nos llevó al cementerio de la Salud y nos dijo fijaros bien en todo.
Creo que todos nos fijamos en lo mismo. Las tumbas del Guerra, Lagartijo, Manolete etc. pero poco más
Volvimos a entrar y nos dijo que nos fijásemos en las edades de los muertos. No llevó a un lugar y comprobamos que conforme íbamos pasando de lo viejo a lo nuevo cada vez se morían con más edad.
Ahora la batallita de turno y no me enrollo más. Cuando yo vivía en Madrid (del 69 al 71) contaban lo siguiente: Un español se acercó a la tumba de un oriental donde una chica estaba poniendo un cuenco con arroz y le dijo: ¿Cuándo va a salir a comerse el arroz? Cuando el tuyo salga a oler las flores. Le contestó la chica. Un abrazo

Conchi Carnago dijo...

Hola estimado Patxi, si as acertado el cementerio era el de San Rafael, era el más cercano a mi barrio San Pedro, y es verdad que pasaba alguna que otra vez esos casos de catatónicos que tanto asustaban y no era para menos.
Yo también recuerdo los comentarios cuando algún conocido se mudaba a los bloques que daban al cementerio algunos decían (yo ni aunque me lo regalaran) que seguro era más de envidia que otra cosa. Y es cierto que con los años y la ciencia cada vez las defunciones son más tardías afortunadamente.
Y muy bueno el ejemplo del oriental.

Un abrazo.