martes, 12 de octubre de 2010

RECUERDOS

Tengo grabados en mi mente, dos acontecimientos de cuando tenía cinco años; uno fue el nacimiento de mi hermano pequeño -en esa época las mujeres parían en su casa-, el día del parto no nos dejaban de ninguna manera entrar en el dormitorio, ni a mis hermanos ni a mí, todos estábamos intrigadísimos pues había una actividad inusual, y carreras de la cocina al dormitorio, comentarios y caras de preocupación, parece que la cosa fue muy complicada al venir el niño de pies. Mi madre quedó destrozada y tardó más de un mes en recuperarse, la recuerdo andando muy despacio sujetándose con un andador de hierro. Todas las mujeres de la casa la ayudaron hasta que se recuperó de tan complicado parto.

El otro acontecimiento, fue el primer día que mi madre me llevó al colegio -curso cincuenta y dos cincuenta y tres-, estaba éste en la calle D. Rodrigo y se llamaba Doña Rosario de Torres, era del Estado y como podéis suponer sólo para niñas, lógicamente regentado por maestras. Los únicos hombres que allí entraban, además de los de mantenimiento de las instalaciones y el marido de la portera, eran los curas, y no pocas veces por cierto, pues cada dos por tres teníamos allí a D. Julián Caballero Peña (párroco de S. Pedro), era un hombre alto y fornido, de voz firme y potente, las niñas le temíamos y creo que las maestras también, pues en su presencia se las veía tensas, y sólo se relajaban cuando ya se había marchado, eso sí, después de haberles dado instrucciones de cómo tenían que obligarnos a rezar el rosario todas las tardes, visitar el sagrario los primeros viernes de mes, los sábados confesarnos, para los domingos en la misa poder comulgar, y un largo etc. de instrucciones que les daba a las pobres maestras, me imagino lo que tendrían que pasar las que tuvieran un punto de vista distinto al de la Iglesia y del estado, normas impuestas por la fuerza y la sinrazón. Pero esa es otra cuestión.

El Colegio Doña Rosario de Torres era un gran caserón de gran fachada y enorme portal, con suelo de mármol blanco, y una gran puerta de madera oscura con relieves artesanales. Una vez dentro del portal, para acceder al recinto, había que tirar de una cadena para que la campanilla que estaba al otro lado sonara, y con su repetitivo tintineo alertara a la portera. Esta era una señora de mediana edad, entrada en carnes, con el pelo recogido en un moño. Ella y su familia vivían en el colegio, a la sonora llamada ésta acudía presta a abrir la gran cancela de hierro forjado que formaba artísticos dibujos. A la izquierda de la cancela estaba la escalera, también de mármol blanco como el suelo, y hermosa baranda del mismo estilo de la cancela, por la que se accedía a la parte superior del caserón donde estaban las clases de los mayores. Frente a la cancela del portal se accedía a un patio de grandes dimensiones, totalmente cuadrado, a la izquierda había una galería con columnas coronadas de arcos, y un gran aula, su puerta y ventanas daban a la galería, antes de llegar a esta clase había un pasillo muy estrecho que daba a un pequeño patio interior, donde estaban una clase para los más pequeños, con ventanas al jardín, y a la derecha estaba la cocina, bastante grande en consonancia con las dimensiones de la casa. La recuerdo porque, durante unos años, nos repartían a cada una de las niñas un vaso de leche en polvo. En esa época yo tendría ocho o nueve años. Cada día las maestras nombraban a varias niñas para ayudar en la cocina, la finalidad era disolver la leche en polvo en el agua, tarea ardua y casi inútil pues siempre quedaban bastantes grumos. El resultado era un líquido amarillento de olor nauseabundo, que a mí me hacía vomitar, de manera que me las ingeniaba para dársela a alguna compañera que no le hacía ascos, eso sí con cuidado de que no me vieran las maestras. Otras veces nos repartían un trozo de queso mantecoso, tipo bola, que estaba bastante bueno, y ese si que me lo comía con agrado.

Lo primero que hacíamos al llegar por la mañana, era ponernos en fila, delante las más pequeñas, y en la última fila las mayores, llenábamos el patio, y nos obligaban a ponernos firmes y extender el brazo derecho para cantar el “Cara al Sol”, a niñas entre cinco y doce años, con baberos blancos, actuando como militares –habrá cosa más absurda y ridícula-, pero no le dábamos importancia al desconocer su significado "afortunadamente".

Después del protocolario acto diario cada fila se dirigía después a sus respectivas clases. Yo disfrutaba mucho del colegio, para mí fue una etapa muy importante en mi vida, siempre estaba ávida de aprender de todo. Recuerdo que nos ponían de pie a cada una, para leer en voz alta, y si no pronunciábamos correctamente, nos obligaban a repetir una y otra vez, en ese aspecto las maestras hicieron una gran labor, quizás hoy en día no se cuide tanto la dicción en las escuelas de primaria, sólo hay que oír a algunos jóvenes, el reducido vocabulario que utilizan, y la malísima pronunciación.

En las fiestas de Navidad hacíamos teatro, naturalmente de temas religiosos, recitábamos poesías y cantábamos villancicos, al final de curso también se hacia una fiesta y un concurso de preguntas del catecismo como no podía ser de otra manera, consistía en formar un circulo y cada niña hacia una pregunta a su compañera de al lado, si esta no respondía correctamente, la tenía que contestar ella, la que había fallado que daba eliminada, de esta manera se iba reduciendo el grupo hasta quedar solo una que era la ganadora, el premio era un diploma y una banda que solo le daban a las tres finalistas, en definitiva lo pasábamos muy bien y yo siempre participaba en todos esos eventos como “Mariquita la Primera”. Los primeros años son importantísimos para todas las personas, y no podía ser menos para mí, guardo muy gratos recuerdos de aquellos años, de todas mis profesoras y de mis compañeras.

Salí de mi querido colegio con once años recién cumplidos.
Por circunstancias de la vida no pude seguir estudiando.
No fue mi culpa, ni mucho menos de mis padres, que ya les costaba poder alimentarnos.
Un humilde certificado de estudios, "eso si con un hermoso sobresaliente" que me supo a gloria, fue mi despedida del colegio,
Así es la vida.
Extracto del relato "Mi vida en mis patios".

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

No me ha avisado el sistema de la nueva entrada, veré que ha pasado, aunque a lo mejor es que como no he abierto el Blog...

Es muy bonito, lo que pasa es que te refieres a gente que para ti serían muy buenas personas en tu infancia pero... claro que estaban ahí y no se pueden mover, ya quisiéramos de un plumazo mover cosas y borrar. El cura estuvo en unas listas de fusilados por error durante algún tiempo -creo que las que había en el trascoro de la catedral que enquistaron en la Mezquita-, parece que lo intentaron asesinar y se escapó, o le avisaron y huyó antes, y ya figuró como fusilado. Y la otra señora vecina mía y hermanísima, de un Sr. que tenía una canonjía, que era lo mejor que le podía pasar a uno. Y ahora que los dividendos con las lucecitas son mayores, a saber...

Conchi dijo...

Paco lo del cura en las listas de fusilados no lo sabia, pero lo que si recuerdo es que era de armas tomar,y que tenia un poder absoluto en el colegio,pero te estoy hablando de recuerdos de una niña,que normalmente nos enterábamos de algo mas por intuición que por información de primera mano,yo no puedo hablar mal de ninguna maestra pues conmigo siempre se portaron correctamente, es mas creo que tenían cierta predilección conmigo no se porque,ten en cuenta que en esa época se hablaba poco de política en los colegios y ya sabemos todos que si comentaban algo estaba tergiversado, los niños no son tontos, y en las casas escuchabas la autentica versión de la guerra incivil. Por mucho que el estado lo prohibiera. Pero los críos eramos felices jugando y aprendiendo, luego con los años yo sólita me fui dando cuenta, que nos habían engañado en muchas cosas. Pero ya había pasado la niñez, y mejor que los niños no sepan tan pronto lo crueles que pueden ser el genero humano.
Un beso.